
Por supuesto, las calorías o la calidad de los nutrientes son importantes en el momento de alimentarnos. Eso no debería cuestionarlo nadie. Pero lo que no parece lógico es que se prioricen sobre otros aspectos que son igual o más importantes. Es como tratar de mantener impecable la carrocería de un vehículo mientras se conduce con los neumáticos en mal estado, a punto de reventar.
No es raro comprobar cómo la gente se obsesiona con el origen de las grasas, los conservantes utilizados o la cantidad de proteínas, mientras se ignoran por completo aspectos tan importantes como la palatabilidad y su efecto sobre nuestro sistema nervioso.
La manifestación más extendida y grave de esta tendencia es la moda de las recetas o versiones fit de los alimentos: aquellas que buscan una experiencia sensorial lo más parecida posible a la receta original, pero tratando de introducir ingredientes más saludables o menos calóricos. ¿Quién no ha caído en ese error tan garrafal?
Lo más clamoroso es que sean los propios profesionales de la alimentación quienes hayan caído en la trampa. El aporte energético y la calidad de los nutrientes son objetivos muy importantes, pero no prioritarios frente a la reeducación de los órganos sensoriales y del sistema de recompensa, problemas fundamentales y origen de la mayoría de los casos de exceso de peso.

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