
Ciertamente, quitarnos de golpe y porrazo el catalejo de lentes amarillas del que hablamos en el libro no es una opción. Como tampoco lo es tirarle una piedra al gracioso que proyecta la luz azul. ¡Ojalá fuera tan fácil!
La cuestión es comprender por qué vemos la cabra verde (debido a la desensibilización y a la hiperactivación del impulso de repetición). Debe ser este conocimiento el que nos brinde, desde una perspectiva metacognitiva, la oportunidad de hacer las cosas de otra manera, aunque duela, aunque resulte molesto.
Con el tiempo, el tinte amarillo de nuestros cristales irá desapareciendo, aportando mayor certeza y fiabilidad; eso nos ayudará a rechazar el efecto de la luz azul. En ese preciso momento, nos giraremos incrédulos al ver que todos siguen gritando: «¡Es verde… completamente verde!».

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