BLOG DE LA CABRA VERDE

Si restringes, ¿engordas?

En los últimos años se ha instalado en redes sociales una idea aparentemente indiscutible: restringir alimentos engorda. Según este discurso, las dietas “de toda la vida” obligan al organismo a entrar en un supuesto “modo supervivencia” en el que el metabolismo se ralentiza y el cuerpo comienza a almacenar grasa incluso comiendo poco. A partir de ahí se deriva otra conclusión todavía más radical: ningún alimento debería prohibirse ni limitarse, ya que hacerlo podría desembocar tanto en aumento de peso como en trastornos de la conducta alimentaria.

El problema es que, aunque esta narrativa contiene elementos reales, mezcla conceptos distintos y termina generando confusión. No toda restricción es igual. No todo atracón tiene el mismo origen. Y, sobre todo, no todo aquello que comemos interactúa con el organismo de la misma manera.

La confusión entre restringir y eliminar

Hoy se habla de “restricción” como si cualquier límite alimentario fuese automáticamente dañino. Sin embargo, conviene distinguir entre dos cosas muy diferentes.

Una restricción real implica una reducción significativa de energía o de nutrientes esenciales. Es decir, un estado en el que el organismo deja de recibir suficiente proteína, grasa, carbohidratos o calorías para funcionar correctamente. Ahí sí aparecen respuestas adaptativas: aumento del apetito, reducción del gasto energético, fatiga o una mayor tendencia a recuperar peso después.

Pero eliminar productos concretos no equivale necesariamente a entrar en carencia.

No es lo mismo alimentarse durante semanas con cantidades insuficientes de comida que dejar de consumir bollería industrial, refrescos o snacks ultraprocesados mientras se mantiene una dieta nutricionalmente completa. El cuerpo no entra en “modo supervivencia” porque desaparezcan las chocolatinas; entra en él cuando faltan nutrientes y energía necesarios para sostener sus funciones.

Por eso resulta problemático afirmar que quitar determinados productos “engorda”. Si el resto de la alimentación cubre las necesidades del organismo, no existe ninguna razón fisiológica para pensar que prescindir de ultraprocesados vaya a inducir una respuesta de hambruna.

No todo lo comestible es igual

Otro de los problemas habituales es el uso indiscriminado de palabras como “comida”, “alimentos” o “productos alimenticios”, como si todas las opciones disponibles en un supermercado tuviesen el mismo impacto biológico.

Sin embargo, existe una diferencia importante entre los alimentos presentes en la naturaleza y los productos diseñados industrialmente para maximizar el consumo.

Carnes, pescados, huevos, frutas, legumbres, verduras o tubérculos han formado parte de la alimentación humana durante miles de años. Con ellos es perfectamente posible cubrir las necesidades nutricionales del organismo sin caer en déficits ni estados de privación.

Otra cosa distinta son muchos productos industriales modernos: formulaciones altamente palatables, densas en energía y diseñadas para estimular constantemente el sistema de recompensa. No aparecen en la naturaleza ni responden únicamente a una necesidad nutritiva. Su función comercial consiste, precisamente, en lograr que queramos seguir consumiéndolos.

Por eso quizá sería más útil diferenciar entre “alimentos” y “productos industriales” en lugar de meterlo todo bajo el mismo concepto de “comida”. Un plátano y una chocolatina no producen la misma respuesta fisiológica, aunque ambos aporten calorías.

El atracón no siempre nace de la restricción

Uno de los argumentos más repetidos es que prohibir alimentos conduce inevitablemente al atracón. Pero aquí también conviene matizar.

Existe un tipo de sobreingesta que aparece tras periodos prolongados de déficit o privación. Es una respuesta fisiológica normal: cuando el organismo pasa hambre, aumenta intensamente el impulso por comer, especialmente alimentos energéticos. En cierto sentido, el cuerpo intenta compensar la carencia previa. Esto no es necesariamente patológico.

Sin embargo, hay otro tipo de consumo compulsivo que aparece incluso en ausencia de restricción. Personas que comen en exceso productos hiperpalatables aun teniendo acceso libre y constante a ellos.

En estos casos suelen intervenir dos mecanismos principales.

El primero es la alteración del sistema de recompensa. Algunos productos industriales generan deseos intensos y persistentes —craving— que poco tienen que ver con el hambre fisiológica.

El segundo es el condicionamiento. El consumo acaba asociándose a emociones, contextos y estímulos concretos: ansiedad, aburrimiento, tristeza, celebraciones, televisión, alcohol, determinados lugares o rutinas sociales.

Muchas veces no se come para aliviar una necesidad energética, sino para reducir el malestar que provoca no satisfacer ese impulso aprendido.

Por eso quizá no vivimos tanto una epidemia de “hambre emocional” como una normalización masiva de sistemas de recompensa constantemente hiperestimulados.

La cuestión de la adicción

Hablar de “adicción a la comida” genera rechazo porque comer es necesario para vivir. Pero nuevamente el problema puede estar en no diferenciar entre alimentos y productos industriales.

No observamos personas adictas a los garbanzos, a la ternera o a las naranjas. En cambio, sí aparecen patrones compulsivos muy marcados con ciertos productos ultraprocesados.

La industria alimentaria no desarrolla estos productos al azar. Detrás existen equipos especializados en comportamiento, química, sabor y marketing cuyo objetivo es aumentar la frecuencia de consumo. Cuanto más gratificante, rápido y difícil de detener resulte un producto, mejor funciona comercialmente.

Esto no significa que un bollo industrial sea idéntico a una droga en todos los aspectos, pero sí que comparte con otras conductas adictivas ciertos mecanismos relacionados con el refuerzo y la búsqueda compulsiva.

Negar completamente esta dimensión dificulta comprender por qué tantas personas sienten una pérdida de control específica frente a determinados productos y no frente a alimentos básicos.

Entonces, ¿qué hacer?

La mayoría de los problemas actuales de obesidad no aparecen por comer fruta, carne o legumbres en exceso, sino por la combinación entre sedentarismo y un entorno saturado de productos hiperpalatables disponibles las veinticuatro horas.

En muchos casos, recuperar una relación estable con la comida implica precisamente reducir o eliminar temporalmente aquellos productos que mantienen activado el circuito de recompensa y perpetúan el consumo compulsivo.

Y aquí aparece una idea importante: eliminar no siempre significa prohibir desde la imposición.

La manera en que una persona interpreta ese cambio es fundamental. Si vive la eliminación como castigo, obligación o pérdida, probablemente aparecerán frustración y resistencia. Pero cuando entiende el proceso y decide actuar desde una elección consciente orientada a recuperar control y bienestar, la experiencia psicológica cambia por completo.

No es lo mismo sentirse privado que decidir apartarse de aquello que te perjudica.

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