BLOG DE LA CABRA VERDE

Comemos como nuestros abuelos

Muchos dicen que para adelgazar deberíamos fijarnos en cómo comían nuestros abuelos. Ciertamente, y aunque no lo parezca, ya hacemos lo mismo que ellos. Nuestra biología nos ha dotado de un sistema que funciona bajo la siguiente premisa: elegir, entre las opciones disponibles, la que nos genere una experiencia sensorial más placentera. Ante dos opciones, nuestros antepasados hacían exactamente lo mismo que nosotros: elegir la más palatable.

Entonces, si hacemos lo mismo, ¿por qué existe esta epidemia de obesidad? Muy fácil: porque las alternativas a nuestro alcance son distintas. Ellos no disponían de los productos hiperpalatables que hoy ocupan la mayor parte de los supermercados. Nosotros no hemos cambiado; nuestra genética y nuestras herramientas biológicas siguen siendo exactamente las mismas.

Estas opciones hiperpalatables suelen presentar dos características esenciales:

  • Mayor carga energética: aportan más calorías y, por lo tanto, favorecen el aumento de peso.
  • Mayor motivación de consumo: incentivan a comer más y, por consiguiente, se engorda más.

Estamos diseñados biológicamente para elegir este tipo de productos. Pero esto no es todo. Partimos de que el ser humano es el mismo y que lo que ha cambiado son los alimentos, ¿verdad? Conviene saber algo más: cuando el consumo de estos productos hiperpalatables es frecuente, algo en nosotros sí cambia. Y ahí radica el verdadero problema.

Los productos hiperpalatables actúan como un estímulo de alta intensidad; para entendernos, como un ruido demasiado fuerte para nuestro sistema sensorial. Del mismo modo que nos quedamos un poco «sordos» tras pasar varias horas en una discoteca, el cuerpo se vuelve «sordo» ante la presencia continua de estos estímulos para que no le «suenen» tan altos. Hasta ahí, perfecto: el cuerpo se protege (protección sensorial). La contrapartida de este estado de protección es que no es selectivo; no solo se aplica a estos productos, sino a la comida en general. De este modo, cuando optamos por una fruta, una verdura, un pescado al horno o un guiso, ya no nos generan el mismo placer y terminan siendo expulsados injustamente de la dieta.

Paralelamente a este fenómeno, algunos de estos productos hiperpalatables —concretamente los más intensos— provocan otro suceso crucial: un fuerte impulso de consumo ante determinadas situaciones o contextos, comportándose como una auténtica adicción. La persona siente un profundo malestar si no satisface ese deseo irrefrenable. Lamentablemente, muchos piensan que «no se puede tener adicción a la comida porque hay que comer para vivir». Te lo digo muy claro: esto no es comida, son productos diseñados con ingeniería sensorial para atrapar al consumidor.

Aparece así el impreciso concepto de «hambre emocional» para intentar explicar el malestar causado por:

  • El sinsabor de ingerir alimentos de palatabilidad natural.
  • La frustración de no satisfacer el deseo del producto hiperpalatable.

Este tipo de productos no es un regulador emocional: no tapa nada, ni traumas ni miedos; simplemente secuestra tu sistema de recompensa como cualquier otra droga.

¿La solución? Basar nuestra alimentación en alimentos de palatabilidad natural hasta que este mecanismo de protección sensorial y la adicción se extingan. A partir de ese momento, podremos volver a incorporar los hiperpalatables de forma ocasional.

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