
Los seres humanos no hacemos las cosas simplemente porque nos gusten, sino porque la experiencia placentera que nos reportan genera en nuestro cerebro un efecto lo suficientemente potente como para impulsarnos a repetir la conducta cuantas veces sea necesario. Este impulso está modulado por el sistema de recompensa, concretamente por la dopamina. De este modo, recibir un masaje puede resultarnos placentero sin que ello origine el impulso de buscarlo a diario. Esta realidad se demuestra en los experimentos: cuando a una rata se le suprime la dopamina, deja de buscar comida —aunque le guste—, hasta el punto de dejarse morir.
Este mecanismo actúa cuando el alimento presenta determinadas características organolépticas (sabor, aroma, textura) que indican que es de interés para el organismo. Sin embargo, desde hace unas décadas, la industria alimentaria ha fabricado productos engañosos que consiguen confundir al sistema: imitan y potencian artificialmente estas características, pero configurando un producto que no es interesante desde un punto de vista biológico. Son los productos hiperpalatables. Te voy a poner un ejemplo muy fácil.
Imagina que un hombre tiene un negocio dedicado a comprar cajas sorpresa con artículos de segunda mano. No revisa el contenido, simplemente se fía del cliente. Este hombre paga 100 euros por caja, con un límite de compra de 10 cajas al día. Por ello, se fija en el aspecto exterior de la caja, concretamente en su tamaño y en su peso: intuye que a mayor tamaño y peso, mayor valor tendrá el contenido. Imagina que un grupo de muchachos comienza a llevarle unas cajas extragrande jamás vistas hasta el momento y con un peso enorme. El hombre no sabe que las llenan de piedras y que lo están estafando; como solo se fija en las dimensiones y en el peso, decide comprar únicamente las cajas de estos muchachos y rechazar las de los demás.
Esto mismo ocurre con la alimentación. Nos vemos impulsados a repetir el consumo de productos hiperpalatables, aunque recibamos «piedras» a cambio (pocos nutrientes de calidad o un exceso desmesurado de kilocalorías).
Lamentablemente, actuamos como aquel hombre: nos dejamos llevar por la ilusión de obtener una caja de gran tamaño y peso, ignorando lo que hay en su interior. Y lo peor es que esto nos hace renunciar a las demás cajas, las que realmente contienen objetos de gran valor: la comida real.

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