
Afirmar que una función de la comida es hacernos disfrutar es una equivocación común, defendida incluso por muchos nutricionistas al sostener que no solo se come para nutrirse, sino también para gozar. El organismo requiere nutrientes y, para garantizar su obtención, la evolución diseñó una herramienta eficaz.
La comida que nos genera placer no es sabrosa por sí misma: en la naturaleza no existe un escalafón de alimentos basado en su capacidad para suscitar placer. Lo que ocurre es que nuestro cerebro se adaptó para que los alimentos más calóricos y densos en nutrientes desencadenaran reacciones químicas orientadas a generar una experiencia placentera. Por lo tanto, la percepción sensorial —positiva o negativa— no es más que un mecanismo biológico, nunca un fin en sí mismo. No comemos para disfrutar; disfrutamos para comer. Asumir este cambio de perspectiva exige abandonar la postura antropocéntrica que nos sitúa en el centro de todo y abrazar, con humildad, nuestra verdadera naturaleza.
Sin embargo, el abuso de productos hiperpalatables ha desvirtuado este mecanismo ancestral. Nuestro aparato sensorial ha dejado de ser un instrumento de subsistencia para convertirse en un buscador de estímulos intensos, al margen de su valor nutricional o de su impacto en la salud. Esta herramienta ha perdido su propósito evolutivo: garantizarnos salud y longevidad. Asumir la premisa ficticia de que comer «debe hacernos disfrutar» es, paradójicamente, lo que torpedea en la actualidad nuestra propia nutrición.
Humildad.

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