
O, más bien, no existe como la gente suele concebirla.
Lo primero que debemos hacer es lanzar una definición sencilla de lo que la mayoría cree que es el hambre emocional. Podríamos entenderla como aquellas ganas de comer que surgen cuando nos encontramos mal emocionalmente y que nos piden productos ricos en azúcares, grasas o sal; habitualmente procesados o ultraprocesados.
Tras esta primera aproximación, podríamos preguntarnos: ¿Por qué cuando nos sucede algo realmente doloroso en la vida ocurre exactamente lo contrario? Literalmente, se nos cierra el estómago. Se me viene a la cabeza la típica escena de las películas norteamericanas en las que se desarrolla el velatorio en la casa familiar y todos los allegados traen una gran cantidad de comida y bebida. La familia directa no suele comer nada.
Imagina la siguiente situación: estás en la puerta de urgencias, sumergida en un profundo dolor emocional, esperando noticias de tu hijo que acaba de sufrir un accidente de coche y está en la mesa de operaciones debatiéndose entre la vida y la muerte. ¿Aparecería el antojo de un buen trozo de pastel de chocolate o una hamburguesa de McDonald’s? Creo que la mayoría conocemos bien la respuesta. Esto nos sugiere que no es la simple presencia de la emoción negativa la que activa esa «hambre emocional». Para comprender qué hay detrás de todo esto, es preciso dar una explicación más profunda y detallada.
Las personas nos alimentamos no con el fin consciente y premeditado de obtener macro y micronutrientes, sino para cubrir tres necesidades esenciales. Estas necesidades se manifiestan con sensaciones molestas y, justamente, esa naturaleza aversiva es la que nos empuja a actuar. Conozcamos las tres necesidades que están detrás de cada ingesta:
- El hambre fisiológica: Nos empuja a buscar la saciedad.
- La experiencia placentera: La necesidad de obtener la mejor vivencia posible mientras intentamos quitar el hambre. A elegir, preferimos llenar el estómago con nueces y frutas que con simples hojas de espinaca cruda. Necesitamos que la experiencia sensorial alcance un mínimo (el umbral hedónico), el cual representaremos como una campana. Preferimos opciones que hagan sonar esta campana, y cuanto más fuerte lo haga, mejor.
- Los antojos o caprichos: La necesidad de satisfacer apetencias que se nos presentan en determinadas situaciones. Por ejemplo, algo dulce después de almorzar, incluso cuando ya hemos alcanzado la saciedad y tocado muy fuerte la campana con alimentos frescos y sabrosos. Esto último se produce porque nuestro cerebro tiene la capacidad de «fotografiar» aquellas experiencias en las que se obtiene un repique de campana excesivamente alto. En esta instantánea no solo incluye al alimento en cuestión, sino a los distintos elementos que configuran el escenario. Es decir, si un día pruebo tras el almuerzo, tumbado en el sofá, unas nueces con dátiles, cuando se vuelva a repetir el momento (después de comer) y el lugar (el sofá), sentiré la necesidad de volver a comerlas. Es muy importante comprender que uno de los elementos que pueden quedar plasmados en esa fotografía es la propia emoción que se esté experimentando en ese preciso momento.
Ahora debemos tener claro que no satisfacer alguna o todas estas necesidades generará sufrimiento y malestar con mayor o menor intensidad según cómo sea la situación:
- Si no como, el hambre me hará sentir mal.
- Si como, pero solo hojas verdes crudas, me quedaré con un sinsabor e incomodidad notorios.
- Y si no como aquello que se me antoja, me encontraré contrariado y disgustado.
Estos tres principios de la necesidad de alimentarse se producen con los alimentos reales (carne, pescado, legumbres, verduras, frutas, etc.). Sin embargo, es fundamental comprender que la industria alimentaria ha puesto en el mercado una gran variedad de productos de altísima palatabilidad (hiperpalatables) que tienen la capacidad de hacer sonar la campana con una fuerza sobrenatural; es decir, aportan una experiencia absolutamente extraordinaria. La respuesta sensorial que proporciona una pizza a la barbacoa es mucho más intensa que la que aporta un pescado al horno con una tortilla de brócoli.
La implantación de este tipo de productos y, lo que es más importante, la alta frecuencia de su consumo, ha originado tres problemas fundamentales:
- Son más calóricos: Esto hace que la gente reduzca el tamaño de las raciones para evitar ganar peso. Esta restricción cuantitativa deja a la persona con hambre.
- Generan desensibilización: El abuso de hiperpalatables estimula que el cerebro entre en un «modo de protección sensorial». De tocar la campana tan fuerte y tan seguido, el sistema eleva la barra del umbral para que esos productos no generen un ruido tan molesto. El problema es que este ascenso afecta a todos los alimentos, incluidos los de palatabilidad moderada, haciendo que no puedan tocar la campana o lo hagan muy débilmente. Esto provoca que la experiencia sensorial con comida real sea excesivamente pobre. La persona se sentirá mal si no ingiere hiperpalatables.
- Acentúan la impronta de la «fotografía»: La marca que genera la instantánea con hiperpalatables es mucho más acusada, por lo que el antojo se vivirá con más intensidad si no se satisface. Si al tocar la campana de forma estridente con un dulce industrial, uno de los elementos del escenario fotografiado es la tristeza o la ansiedad, cuando estas emociones se reediten generarán un gran deseo de consumir ese producto o similares.
Ante una sociedad acostumbrada a abusar de los hiperpalatables, es normal sentir el malestar provocado por el hambre, una experiencia sensorial pobre y unos antojos no satisfechos. Todo ese malestar configura lo que se ha bautizado erróneamente como «hambre emocional».
La suerte es que la situación tiene solución. Si la persona pasa unos meses alimentándose sin productos hiperpalatables, la campana vuelve a su sitio (resensibilización) y los antojos desaparecen. Ya no hay excusa.
Desgraciadamente, la gente suele adoptar opciones inadecuadas enfocadas solo en reducir calorías, lo cual explica por qué las dietas duran tan poco y dan tan malos resultados:
- Restricción en cantidad y tipo de alimentos: Al pasar hambre, la persona interrumpe el proceso y no da tiempo a la resensibilización. Además, la restricción activa el «modo supervivencia» (tendencia metabólica a ahorrar energía, haciendo que se engorde más fácilmente). Si además esta etapa se interrumpe con una opción hiperpalatable, se generará una fotografía aún más intensa y un antojo mayor.
- Restricción solo en la cantidad: La persona come de todo, pero en raciones pequeñas. Al seguir incluyendo hiperpalatables, no se permite la resensibilización y, al ser raciones reducidas, se pasa hambre.
- Recetas fit: Se intenta alcanzar la misma palatabilidad reduciendo el número de calorías, manteniendo la desensibilización activa.
Por eso, el hambre emocional no existe. Es solo el malestar producido por el hambre, una pobre experiencia sensorial y el enfado de no satisfacer los antojos. No tiene nada que ver con tus traumas, tus problemas ni tu falta de fuerza de voluntad.
Lo bueno es que todo esto es reversible. Esto nos obliga a transitar desde un modelo energético obsoleto, centrado únicamente en el recuento de calorías, hacia un nuevo modelo sensorial que restaure la experiencia que tenemos con la comida real. ¿Te animas?

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